
Muchas gracias por pasar a leer la nota anterior. En esta ocasión dejo las películas propiamente dichas de lado y me meto con los trailers. Atención: en esta nota, se adivinan los finales!

Desde que empecé a estudiar italiano, a cada clase voy descubriendo las influencias de este idioma sobre el nuestro.
A partir de esta semana me pueden leer en la revista online Victoria Rolanda. En la sección Cultura/Cine, encontrarán una nota que escribí sobre El Secreto de sus Ojos.
El 94% de las personas que escuchan Vale 97.5, no gustan de Los Simpsons.A partir de este hecho el mundo se divide así:
-Los que impunemente siguen utilizando esas casillas adolescentes. Por ejemplo, "el_pendex_77@hot". Como ya dijimos, esta gente simplemente no desea crecer, al menos no de momento.
-Los que usan esas casillas para chatear, y tienen otra casilla “seria”. La primera dice “flopy” y la segunda, “florencia.sanchez”. Toda esta gente es de una manera con sus íntimos y de otra manera en público. Si nacieron en los ochenta, esa segunda casilla suele ser Gmail. Si están de novias con alguien mayor que ellas, es Yahoo.
-Los que aprendieron a usar el msn con su casilla de Gmail (vía Passport y exportación de contactos) y abandonaron Hotmail. Miren, esto es en serio: toda esta gente está tratando de superar algún dolor del pasado. Todos sin excepción. Y jamás son indiferentes en el ambiente que atraviesan. Dejan alguna marca a donde quiera que vayan, para bien o para mal.
Algunos dicen que es tergopol. Otros, telgopor. En el diccionario de la Real Academia, no figura ninguna de esas palabras.
Necesito urgente que alguien eche luz sobre este asunto. Por favor usen argumentos válidos. Y si no, votamos. Tergopol vs. Telgopor: el que tenga más votos gana, y a partir de ese momento, se instaura en la República Alabélica el término ganador.
El castellano se está quedando viejo.
Las relaciones avanzan de la mano de la tecnología, y nuestro idioma no hace nada al respecto. Es culpa nuestra.
Hoy mantenemos relaciones de amistad vía internet. Habrá quien diga que eso no es amistad, que es camaradería u otra cosa, y puede que tengan razón. Pero en verdad no hallo el término adecuado para esa gente con quien chateo a menudo, comparto momentos de diversión, confidencias, ayudas varias. Gente que se preocupa por mí, y yo me preocupo por ellos. Y no podemos usar la palabra conocido porque en la mayoría de los casos, no nos conocemos en persona. Tampoco camaradas, es muy bolchevique.
El inglés solía tener un lindo vocablo para las amistades por correspondencia: penfriend (donde pen: lapicera, pluma). Con la llamada Web 2.0, difícilmente se siga manteniendo una relación de amistad por carta de papel. ¿Qué término usarán ahora? ¿Y qué término podemos usar nosotros, los que hablamos castellano? Amigo-lápiz, además de ser horrible, es inadecuado. Pero amigo-tecla es mil veces peor. E-amigo es espantoso, webfriend suena tonto, amiblogger parece una tribu urbana, unachicaqueconocíporinternet es largo y engorroso.
A los indeseables les pusimos nombre enseguida: trolls. Adoptamos el término en inglés porque es gráfico y fácil de pronunciar. Pero no hemos nombrado a aquellos que no son los amigos de la infancia, ni conocidos, ni compañeros, ni camaradas, son-somos algo nuevo.
Se escuchan propuestas.
Sobre Portugal diremos poco y nada. Amén de ser el país más irrelevante de Europa, ha creado a Saramago, al Brasil y al portugués, la hermosa lengua que nos ocupa hoy.
El portugués es un idioma tan encantador que no sirve para decir cosas serias. De veras, suena tan bien que ninguna noticia podría parecer trágica dicha en la lengua lusitana.
Ejemplo: “Dois cem crianças são travadas em um fogo da escola” (Doscientos niños están atrapados en una escuela incendiada). Yo sé que ustedes lo están repitiendo con esa tonada musical y adorable de los brasileros.
Por eso están tan contentos en carnaval, esa gente. ¿Cómo van a saber que tienen extensísimas villas miseria si las llaman favelas? Estoy segura de que una favela en castellano sería una variedad de flores: “Déme un ramo de lirios, fresias y favelas, por favor”.
Con las bebidas alcohólicas sucede algo similar. Vodka, ron, pisco, ésos son nombres apropiados para bebidas fuertes. Uno toma caipirinha y no se da cuenta cuando se ha emborrachado, porque ¿cómo hacerlo si se está bebiendo algo con un nombre tan delicado? Parece un nombre de mujer. "Me presento, soy Caipirinha Dos Santos y vengo de Bahía". No sé ustedes, pero yo me lo creería.
Finalizamos entonces con una calurosa felicitación a los hablantes de portugués, pidiéndoles que nunca dejen de escribir poesía, cantar bossa nova y hacer buenas películas (y caipirinha, claro está). Adeus!
-¿Cómo te fue hoy?
-Bien, contento. Fui a la revisación de la pileta.
-¿Todo bien con eso?
-Sí, no me encontraron champiñones en los pies ni nada.
Aparentemente, mi naranjú tiene una gran capacidad para inventar sinónimos.
Un comentarista anónimo escribió un término que se explica por sí mismo: xenoinsulto. Sabiendo que todo insulto tiene por fin descalificar a algo o a alguien, queda claro a quién apunta esta variante.
En la historia de cualquier país, se puede constatar que los grandes movimientos de inmigrantes extranjeros o migrantes internos causan el rechazo del habitante original. Dejando de lado extensas explicaciones sobre la otredad, el extranjero y demás teorías sobre las cuales no tenemos tiempo de hablar, diremos simplemente que la lengua siempre registra estos choques culturales.
Esto viene a que en Argentina se ha generalizado el término boliguayo, la conjunción entre boliviano y paraguayo. Es el peor insulto que he escuchado en los últimos tiempos. No sólo porque es profundamente degradante, sino porque revela la ignoracia de quien lo profiere de manera fatal y contundente. Como un arma de doble filo, hiere a quien lo recibe y a quien lo dice.
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Hoy el Concurso de Insultos Alabelicius premia a la categoría "Más Largo": el ganador es Tampax Ultra, con el alegre "Inocencia Infantil". Disfrutadlo.
En algún momento de la infancia, entendemos que hay palabras que son malas, muy malas, y no debemos pronunciarlas. Entonces ocurre lo lógico: las decimos lo más seguido posible. Las intercalamos en cualquier frase y según ante quién las digamos, esperamos un reto o un festejo.
Recuerdo con asombrosa claridad la primera mala palabra con la que desafié a mis padres. Fue durante una cena. Mi papá estaba contándole algo a mi mamá, y se le escapó esto: “…entonces Fulano le gritó: “¡chupame la pija!, y…”
Me causó gracia. La palabra era muy simpática, así que la repetí: “¡pija!”. Yo tendría unos seis o siete años y no tenía ni la más lejana idea de lo que estaba diciendo. Mis padres me retaron, pero yo advertí -con la sagacidad que sólo se tiene a esa edad- que por dentro se estaban matando de risa. Entonces doblé la apuesta. Me bajé de la silla y empecé a cantar alegremente: “¡pija, pija, pija!”. Ahí se molestaron en serio. Se enojaron y me dijeron que no podía decir eso. No podía, porque era una “mala palabra”. Desconcertada, pregunté qué quería decir.
Ay, la cara de mi papá en aquel momento. La tengo grabada en la memoria. Se atragantó y dijo: “…eehhr. Es…un…lápiz. Eso. Un lápiz.”
Recuerdo que mi mamá lo miró. Luego me miró a mí, y asintió con gesto dudoso.
Fue mi primer registro de que algo absurdo y carente de sentido estaba sucediendo. Es más, fue la primera vez que sospeché que mis padres me estaban boludeando. Como se veían enojados, me callé y volví a sentarme.
Pero supe que esa palabra, la “mala palabra”, era peligrosa; y por lo tanto, atractiva.
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Update concurso:
La categoría Mejor anécdota tiene a los siguientes finalistas, en orden de aparición: Eric, con "El panelista"; Directora de Orquesta, con "Vacaciones"; Novasinfónico, con "El abuelo"; Kuwo, con "Golosina" y Anónimo, con "Inteligencia". Publico la semana que viene.
Pueden leerlos a todos acá. Es para hacerse pis de la risa!
Existe un patrón bastante evidente. La mayoría de los insultos no referidos a lo sexual son menos potentes. Cuanto más enojados estamos, más nos relacionamos con el impulso primitivo, reproductor, animal.
Salame, tarada, estúpido, infeliz, no tienen la fuerza de la concha de tu madre, chupame la pija o los derivados de puta, que vimos en el post anterior. Y como ya adelantaron algunos comentaristas, es la condición femenina la que suele utilizarse la mayor de las veces. ¿Por qué la amada madre se vuelve una figura ambivalente en el lenguaje cotidiano? ¿Serán rencores ancestrales? ¿Qué es una conchaseca, por ejemplo? (definitivamente no es una caracola muerta, eso seguro)
La mención de los órganos sexuales es tabú. Romper un tabú exige un esfuerzo. Ya que utilizamos las malas palabras cuando nos sentimos violentos, más fuerza tenemos para romper el tabú: por eso dichos insultos son más potentes que otros.
Los tabúes fundacionales son la antropofagia (no manyarse a otro ser humano) y el incesto (eso no se lo tengo que explicar a los pervertidos de los lectores). Imagínense, sin esas prohibiciones, no hubiésemos podido configurar la vida en sociedad. Se sabe que nuestros antepasados vivían a la animal, en un alegre “todos contra todos”. En semejante quilombo, la única que sabía a quién pertenecía el hijo, era la madre.
Ese es el poder tan temido y tan sagrado, el de
En la próxima: los únicos insultos no sexuales igualmente fuertes, y el concurso.
El lector habitual sabe que celebro la flexibilidad del idioma. Pero hay algo que debiera ser ilegal: aceptar el término Sicología. ¡Es Psicología, por amor de Cristo!
A mí tráiganme un psicólogo. Con un sicólogo, no me atiendo ni-en-pe-do.
Invitación: desde hace unos días llevo un nuevo blog, Viviendo con Igan. Es el relato de mis aventuras con la medicina moderna. Estáis invitados a leer si os place.
Un conocido se estaba quejando de que la lengua está cambiando, según él para peor.
Y yo le contesté.
Alabel: ¿Sabés cómo se decía “hermosa” en los tiempos de Colón?
Conocido: No.
Alabel: “Fermosa”, con F.
Fin de la discusión.-
Nunca me gustaron las notas al pie de página cuando estoy estudiando. Me pone en crisis: ¿Interrumpo el texto y voy a la aclaración? Quizá lea algo inútil que me haga perder tiempo. ¿Sigo leyendo y la leo al final? Quizá me pierda una información adicional útil, y dos párrafos más abajo tenga que interrumpir y releer, haciéndome perder tiempo. En ningún caso hay salida.
Imagínense mi ira, entonces, cuando encuentro demasiados links en un texto virtual.
Muchos links ME-JO-DEN. Me pone histérica estar leyendo una nota, post o lo que fuere y, cada tres palabras, encontrar la fuente de otro color y con ese subrayado infame. Me pongo nerviosa porque no sé qué hacer. ¿He de interrumpir el relato e irme a la otra página? ¿Sigo leyendo y sigo los links todos juntos, después?
No puedo achacarlo a las formas de comunicación moderna porque esto ya me molestaba de antes. Pero a veces, quisiera ser una escriba del Japón antiguo: tinta, papel de arroz, y un lindo kimono con flores. Punto.
-Dani, dormite.
-No.
-Daniela, dejá el oso y dormite.
-No tengo sueño.
-¡Bostezaste toda la cena!
-Mentira. ¡Mentiroso!
-Tu padre no es ningún mentiroso y vos tenés que dormirte.
-Sí, sos un mentiroso.
Daniela tiene cuatro años y un gusto precoz por las discusiones. Luis tiene cuarenta y las discusiones no le gustan nada. Sobre todo las que tiene con su mujer. Se deja derrotar fácilmente y se sienta al borde de la cama de su hija.
-Sos un mentiroso, sos un mentiroso.
Luis detecta ecos de reclamos maternos. Daniela saborea el cantito sin saber qué es saborear una frase, pero Luis intuye que el pequeño monstruo espera la contra, y así evitar el momento de dormirse. Se asombra de la inteligencia de los críos y se pregunta porqué uno se estupidiza de adulto.
-¿porqué el glucotrin no es obligatorio como la triple viral?
El suspiro en voz alta alarma a la nena, que ha recibido la vacuna el día anterior.
-¿qué es glucolin?
-El Glucotrin se lo dan a los bebés para que se duerman. Y el glucolin es la sustancia de la cual están hechos los duendes.
Luis mira a su hija esperando que acepte el desafío. No tenía ganas de contar un cuento, pero dada la obstinación de la nena en no dormirse, decide recurrir a una estratagema probada y reconocidamente eficiente.
Daniela se aferra al oso de peluche.
-No hay duendes…
El reclamo huele cansino y Luis siente una victoria cercana.
-Sí hay, Daniela, ¿por qué pensás que mamá siempre pierde los anteojos? Se lo sacan los duendes.
-¿puedo tener un duende?
Luis sonríe y recuerda aquello de morder el anzuelo.
-Bueno, había una vez alguien que tuvo uno. Era una nena muy linda que se llamaba Dan…
-¡Wendy!
-Wendy es la de Peter Pan…
-¡¡No!! La nena que tenía el duende se llamaba Wendy. ¿Cómo se llamaba el duende?
En segundos Luis descarta las opciones básicas: Duendecín, Florecita, variantes de Shrek y las siete versiones de Blancanieves. Recuerda el suplemento económico del diario.
-El duende se llamaba Merval.
Sorprendentemente Wendy tenía sólo cuatro años y se parecía a Daniela. Vivía en un lugar con el nombre, ridículo a oídos de Luis, de “Ciudad del Jardín”. Wendy no iba al jardín de infantes y pasaba todo el día jugando con un ejército de osos de peluche. Los osos obedecían las órdenes de Wendy y la cuidaban, porque Wendy no tenía papás (en este punto Luis se estremece ante las directivas de su hija). Un día, apareció en la casa rodante de Wendy un duende. Con un sospechoso acento cordobés, el duende, que se llamaba Merval, le pidió a Wendy un vaso de agua. Ella lo hizo pasar y le dio un vaso de agua. El duende pidió otro, Wendy se lo dio. Y pidió otro, y otro, hasta que se tomó cien vasos de agua. Wendy le preguntó porqué tenía tanta sed, y Merval le contestó que era porque le faltaba glucolin. Un globo malvado llamado Garra se lo había robado, para inflarse, inflarse, inflarse hasta el cielo. Entonces Wendy le propuso ir a reventar el globo y recuperar el glucolin del duende para que no tuviera más sed.
Daniela bosteza y pregunta con los ojos cerrados.
-¿dónde está el globo malo?
-eemh, eso lo tienen que investigar. No saben.
-sí que saben.
Luis se pregunta cómo puede cuestionar aun estando dormida y concluye que se parece a la madre.
-bueno, lo saben, pero queda muy lejos…en la Patagonia, queda. Tienen que atravesar desiertos, y nieve, y montar ovejas y abejas.
El oso de peluche, abandonado por el fuerte abrazo, cae al piso. Luis lo levanta y lo acomoda cerca de la nena dormida, aliviado ante la batalla ganada. Sabe que mañana habrá una igual, y espera que a su hija no se le ocurra pedir un serial por entregas.
En líneas generales, todo el mundo está más o menos de acuerdo en que los niños son el futuro. Al menos eso dicen la UNICEF y mi madre. Como creo todo lo que la ONU dice y siempre le hago caso a mi madre, hoy, desde Alabelicius, queremos reflexionar sobre la educación verbal de los pequeños gurrumines.
Tal como se ejemplificó en el post anterior, la vocal I tiene el superpoder de achicar los nombres y las cosas. Como rezan las historietas de superhéroes, un gran poder conlleva una gran responsabilidad; por lo que este post está dedicado a generar conciencia en el uso de la I en los cuentos infantiles.
Nunca comprendí porqué, pudiendo decir:
“Jorge y la ardilla compartieron las frutillas, como buenos amigos”
a los pequeños se les dice:
“Jorge tuvo así un nuevo amiguito: la ardillita del bosque Pipiú, que le llevaba frutillitas tooodas las tardes, para comerlas juntos”.
Esto no es una campaña en contra de los diminutivos, no. Pero noten que cuando decimos “amiguito”, “ardillita”, “frutillita”, estamos disminuyendo un poco al amigo, a la ardilla, a la frutilla. Un amigo y un amiguito no son lo mismo. Son tan diferentes como un novio de un amigovio. Como una vaquita de San Antonio de una cucaracha.
Por supuesto la letra I remite a cosas tiernas. Eso no es malo, al contrario. Lo malo es cuando reduce la dimensión de las cosas, las simplifica, empequeñece, disminuye, y consigo, disminuye el entendimiento.
Fíjense en la cantidad de autores “para grandes” que pueden ser leídos, o relatados, por chicos: Wilde, Dahl, Stevenson, Verne, los Grimm, Shua, Pescetti: en ninguno, nunca, van a encontrar abuso de letra I. ¡Jamás! Está científicamente comprobado por la UNICEF. Las mitologías precolombinas, asiáticas, griega, británica, también son fuente inagotable de material.
Pero no. Los pequeños son cargoseados por libros de tapa dura y colores chillones, cuyos infames autores abusadores de la vocal estirada no mencionaremos en aquí.
La letra I es una vocal peligrosa: rogamos manejar con precaución frente a los menores.
-Una cosa más: me indigna pensar en todos los buenos autores que me estoy olvidando. Toda colaboración del lector será bienvenida.-
Chuchi, amorci, brujita, gordi: no sé cómo será en otros países, pero acá en Argentina, las parejas gustan de llamarse con inverosímiles apodos de amor. El caso más claro es la palabra gordo, que se transforma en gordi. Si lo gordo llama a lo desbordado y enorme, con gordi se convierte en rechoncho, acolchado y pequeñito. Las Natalias pasamos a ser Natis, que son más simpáticas y mucho menos acomplejadas.
Ahora bien, el lector más o menos avispado habrá notado que podemos distinguir un patrón en la masa de apoditos felices: la mayoría tienen la letra I. Dicha vocal tiene el superpoder de achicar los nombres y las cosas, cualidad de la que hablaremos en próximos posteos.
Volviendo a los apodos, imagine el lector si se volvieran realidad. Digamos que, por un día, nos transformamos en aquello como nos llaman. Imagínense una calle repleta de brujas, corazones caminando y alegres morcillas tomadas de la mano (a mí amorci me suena a morcilla).
Podríamos ir a la verdulería y ver algo como una bebota comprando berenjenas a un chuchi verdulero. O un corazoncito preguntando por el kilo de mandarinas.
Desde ya, los lectores están invitados a comentar cómo son re-nombrados y cómo re-nombran cuando están, ay, enamorados.
Empiezo yo: mi pioresnada suele llamarme chus. No lleva I, temina en S y lleva CH, así que todavía sigo pensando qué me quiere decir.
En general, Alabelicius es un blog sencillo. Aquí hablamos de juegos de palabras, hacemos sinestesias, reflexiones filológicas, y la mayoría de las veces, se dicen alegres pavadas que a nadie molestan. Los lectores y yo somos felices así.
Pero ayer, algún anónimo tuvo la fantástica idea de publicar mi teléfono celular en un comentario.
Molesta, borré no sólo el comentario sino la entrada entera, que sólo unos pocos comentaristas llegaron a mirar. Hasta aquí, nada del otro mundo; alguien -quien no identifico- tenía mi celular, lo publicó, yo lo borré. Fin.
Nada del otro mundo, hasta que, a la media hora, empezó a sonar mi celular. “ID bloqueado”: no podía ver el número. Atendí, pero nadie me respondió. Sucedió repetidas veces. Alguien llamaba, y se quedaba mudo ante mis preguntas.
Y como los lectores ya deben sospechar, me asusté mucho.
Demasiadas películas y poco aire libre, de acuerdo; pero me asusté igual. Al punto que apagué el celular durante la noche para que los llamados dejasen de interrumpirme. Y habilité la molesta moderación de comentarios, que francamente no soporto en blogs ajenos.
Ahora yo digo: tan importante soy para que me persiga un asesino serial?! Pero andate a ver Dexter, querés.
Update: Había quitado la opción de poner comentarios en este post. Pero dado que me llegaron mails y llamados sobre el tema, dejaré la opción abierta, siempre con la estúpida moderación primero. Y encima, el imbécil estuvo publicando mi teléfono en otros blogs. Si lo descubro lo depilo con un pelapapas.-
Desde que me mudé, ya aparecieron en mi habitación tres vaquitas de San Antonio, en menos de tres meses. Considero que es una proporción alta, y me gusta pensar que son signo de buena suerte. En contraposición, los albañiles hoy descubrieron un nido de cucarachas en el lavadero, y yo casi pierdo la conciencia.
Las odio, les temo, me hacen llorar. Vean el nombre: cucaracha. Es horrendo. Nada lindo puede salir de algo llamado con ches y erres y kus y kas, imposible.
Supe trabajar en un centro de estética, como depiladora. Las máquinas de cera, tibias, atraían a las cucarachas durante las noches. Al abrir el local por las mañanas, lo primero que hacía era salir de cacería. Con un insecticida, por supuesto. No puedo matarlas con una escoba y muchísimo menos de un pisotón. Puedo llegar a morir del horror de escuchar el sonido que hacen al reventar. Duré un mes en ese lugar, puesto que el dueño era tan tacaño que no quería llamar al fumigador bajo ningún punto de vista.
Renuncié al día siguiente de ver cómo una pelirroja tamaño camión le caminaba a mi jefa por el hombro. Y estaba usando musculosa.
Ahora encuentro vaquitas de San Antonio, a lo mejor para compensar la estadía en el centro de estética. Vaquita es un diminutivo adorable. ¿Cómo no van a ser mejores que las cucarachas, que ni siquiera tienen santo que las acompañe?
A veces trato de describir canciones evitando utilizar términos musicales.
Una canción puede ser amarilla, torcida, estrecha, o parecerse a algo. Digamos, por ejemplo, que Sao Paulo es dorada y se parece a una pareja que dándose un beso húmedo. O que todo OK Computer tiene paredes descascaradas. O The girl in the other room: un pulóver azul de buena calidad, gastado por el uso. Vístanse con ese pulóver, prometo que les va a quedar bien.
Existen palabras que nos traen recuerdos, vivencias, reacciones inmediatas. Cada quien sabe o intuye cuáles son sus palabras especiales. Pero no sé si todos tienen una palabra secreta para reír. En mi familia las llamamos “resortes”.
El resorte es una palabra que automáticamente genera risa, sin ninguna razón ni lógica aparente. Las causas por las que el resorte hace reír, no voy a intentar devanarlas aquí. Sospecho que nadie tiene el mismo resorte: es único, como el ADN, o la forma en que nos ponemos las medias.
El de mi hermana Daniela es la palabra “oruga”. Así como lo oyen, una palabra común y corriente, para nada graciosa o simpática (como sí lo son “cháchara” o “tentempié”). Pero uno puede ir en medio de la reunión más seria y decirle a mi hermana:
-Che, Dani.
-¿Qué?
-Oruga.
Basta eso para que mi hermana se desternille de risa y quede como una estúpida delante de cualquiera.
(Sé que esto suena absurdo. Y no, no me doy con paco, ni me pregunten.)
Cuando descubrimos esto, al principio temimos que los resortes pudieran gastarse. Como un chiste o una canción, que por mucho que nos gusten, si se repiten treinta veces pierden gracia. Pero no, el resorte no se gasta, es asombroso. Descubrí el mío hace más de un año y sigue surtiendo efecto. De hecho, mi hermana lo ha grabado en mi celular como su ringtone identificador:
-¡Cuis! ¡Cuis!... ¡Cuis! jeje, Natalia, te estás riendo sola como una boluda en la calle... ¡Cuis!
Soy conciente de que puedo perder el respeto de algunos comentaristas al confesar algo tan ridículo. Pero lo hago por una causa importantísima: sostengo que es indispensable que cada uno conozca su resorte. Y más importante aún, deben conocerlo una o dos personas muy allegadas, para que puedan usarlo y alegrarnos la tarde.
Al fin y al cabo, para eso sirve.
En guión, se acostumbra a utilizar la Idea Argumental. La IA es una frase o conjunto de frases muy breves que de alguna forma condensan la trama del filme. Escribir la IA de una película requiere una capacidad de abstracción muy importante.
Ejemplo: “Dos jóvenes se aman profundamente, pero su amor es impedido por sus respectivas familias, que se tienen un odio ancestral”. Ya saben de qué hablo.
Aunque parezca una obviedad, los buenos blogs poseen una característica similar.
Ejemplos: “una docente cuenta sus experiencias en escuelas de la villa”/ “un fumador de marihuana deja constancia de las cosas que se le ocurren cuando está dado vuelta”.
¿Se entiende el concepto? En ese caso, los invito a comentar cúal creen que es la Idea Argumental de Alabelicius…y más importante aún, la de sus propios blogs. Prometo responder todos los comentarios.
Me divierte muchísimo jugar con las palabras. Son elásticas, escurridizas, a veces esdrújulas, y sirven para pintar. Sobre todo eso: las palabras sirven para asir el mundo, describirlo, entenderlo, modificarlo.
Me divierte escribir sinsentidos como:
Abatatados tubérculos asombrados observan atrevidas anaranjadas zanahorias.
¿Quién me regala un juego de palabras?
Juan Pablo me contó que esa noche había soñado conmigo.
El profesor estaba retrasado. Estábamos sentados en el fondo del aula, en una esquina, alejados del resto. De todas maneras, en ese momento no podía percatarme de la gente a nuestro alrededor. Toda mi atención estaba puesta en el relato de Juan. Yo era un manojo de nervios y expectativas.
JUAN PABLO
Sí, soñé con vos anoche…yo estaba en el programa de Sofovich.
ALABEL
…!
JUAN PABLO
Venía Gerardo con la manzana y yo la partía, y Gerardo me decía, “¡Te ganaste todos los Alabelicius!” ¡Qué flash!
ALABEL
¿Y yo cuándo aparecía?
JUAN PABLO
Vos estabas en la tribuna con todos mis amigos.
ALABEL
Ah. Y vos ganabas los… “alabelicius”.
JUAN PABLO
Sí, pero no sé qué eran, porque me desperté. Uh, llegó Calvini.
Creo que comenté que Juan era canchero y divertido, y que eso me atraía…en fin.
No llegamos a concretar nada. Aunque sí se acostó con una amiga que le presenté. Años más tarde lo volví a encontrar, en Retiro. Me tocó el hombro un tipo con entradas, la cara redonda, la pancita de cerveza. Había dejado la carrera y trabajaba en un kiosco de diarios.
Por lo tanto, Alabelicius es el sueño de lo que no es.
Estoy anonadada. Asombrada, estupefacta ante la revelación. Bueno, estupefacta realmente no, porque de inmediato me puse a escribir.
Me encanta escribir, siempre lo hice. Pero me da temor hacerlo. Me cuesta horrores enfrentar la hoja en blanco, el vacío. Y más aún me cuesta continuar: después del impulso inicial, la fuerza motora se desvanece poco a poco. Sostener la trama, anudarla y desanudarla, me hace transpirar. De manera que aquí, en el trabajo, único sitio en que tengo acceso a la web, sólo me dedicaba a leer blogs ajenos. Y digo sólo, porque evidentemente he decidido tener uno.
Hablé sobre una revelación. Y así fue, entre llamadas y cadetes que entran y salen, pedidos de motos y preguntas del tipo “¿cuál es el interno de Mengano? (como si no estuviera en la intranet disponible para todos), ahí, en medio del aluvión de cosas tuve una epifanía:
Mi problema para sentarme a escribir, aunque me apasione, es que no está destinado a nadie. A nadie muestro lo que escribo.
Ustedes se preguntarán si no hubo excepciones. Sí las hubo. He mostrado algunas cosas: cuentos brevísimos, guiones de cortometraje. En general, con buena recepción.
Yo me pregunto si alguien leerá esto, si le gustará. Si criticará la forma impúdica en que mezclo tiempo presente y pasado, y la desvergüenza con la que me permito jugar a la escritora.
Si a alguien le interesa.
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